Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cuenta atrás. Se acabó el año. Me siento en un sofá. La mente se me queda en blanco. Nada hace presagiar que 20 horas después el estomago se me contraerá y el cerebro se me abrirá. Pero 30 horas antes de la cuenta entraba en Byron, sintiendo el placer de llegar a algo que se acerca a una casa, un espacio que ya te es conocido. Vengo con las niñas de un viaje que psicológicamente me pareció largo. Intenso. 132 horas previas a ese momento nos fuimos rumbo Fraser Island. Noche en la carretera, durmiendo frente a la playa. 48 horas después también duermo, pero sobre el suelo de una tienda de campaña en la isla de arena más grande del planeta. Una lluvia tropical arremete sin piedad contra la tienda, y el agua empieza a mojar mis manos. Duermo placidamente. Las niñas duermen a mi lado placidamente. El agua no cala por la piel. A nuestro alrededor supongo, intentarán dormir nuestro grupo. Se compone de dos parejas alemana-australiana-noruega. Dos suizas. Un finlandés. Un holandés. Once personas preparadas para una prueba de convivencia. Un jeep preparado para soportarnos a todos. Reparto de comida. Reparto de tareas. Reparto de tiendas. Y la lluvia no nos da tregua. Lago de agua cristalina. Desayunando bajo una cabaña con agua turbia hasta los tobillos. Huevos revueltos. Algo de pan. De los tres jeep que salimos, dos se vuelven a Rainbow beach. Sus ocupantes, divididos, sucumben al temporal. Dos noches y ya vemos las estrellas. Australianos mononeuronales acechan a las niñas. Y yo, aburrido de juegos para emborracharse, abandono al equipo y al vino. Barco hundido, ya esqueleto, antigua gloria colonial, nos saluda por la mañana. Partimos de vuelta a Rainbow, donde empezó la expedición y termina la prueba en concordia y armonía. Y por la noche alrededor de un corro en la playa, oigo cantar como los ángeles a una joven con su guitarra. Y los locales rompen la magia. Y a mí se me rompen las ganas. De nuevo el primero en largarse a la cama. Que fue de aquel Ampuero que estiraba las noches. Aquel que se aferraba a lo que creía vida. ¿Era autodestrucción?. ¿Era desidia?. Un trabajo que dejo de ser interesante mucho antes de que se diera cuenta. Tiempo espeso de lunes a viernes. Ansioso buscaba la salida. La vía de escape. Bebía todo los que podía en las noches evasivas. Follaba todo lo que le dejaban.. Se negaba la vuelta a casa hasta que la espesa niebla le cubría. Cómodo en mi estado ebrio. Cómodo en mi estado libertino. Y ahora cuando el trabajo, el stress, la basura y el ruido aquí pierden para mí el sentido. La niebla pierde su espesor. El sexo por sexo pierde algo de diversión. Podrá dormir la bestia?. Será cansancio de todo eso o será realidad?. Podrá guardar su actual equilibrio?.
Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cuenta atrás. Se acabo el año. Y me encuentro en un prado frente a la playa. Volviendo con quien creí fue mi aliado, mi botella de ron para mí solo. A quien pensé engañar?. Siempre fui un individualista, algo borracho y a veces un autista, así que dejo con sus juegos al grupo y pierdo mis ojos por el prado. Donde ovejas balan con su cara estupida. Cerdos se revuelcan en su mierda. Vacas comen malas hierbas. Animales inyectándose suero. Y me entra el líquido a borbotones por el cerebro. Y la bestia se despierta. El perro se transforma. Rabioso. Mezquino. Egoísta. Es el suero que le mata. El que le desequilibra. Y solo cuando se muerde su propio rabo se da cuenta de su estupidez. Fonambulista que casi tropieza y cae, mantente en la cuerda, no corras, deja que se pierda el tranvía ya, que se aleje el deseo para siempre.
Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cuenta atrás. Empezó el año. El sol arremete contra mi piel. Mi boca seca busca agua. Que quedo de la batalla?. Un dolor me parte la cabeza. Y el pedal de mi furgoneta dice basta. El también se parte. Y me quedo colgado a kilómetros de Byron. Broken Head beach. Bonito nombre. Curiosa coincidencia. Otra noche sin saber como llegue. Dejo mi casa abandonada. En unos días la grúa volverá a por ti, pequeña. Y como los que tienen autos huyeron por unos fuegos a Sidney, hago el camino de vuelta por la línea costera. Playa larga. Faro pequeñito. Y dolor intenso. El estomago se me contrae y el cerebro se me abre. Y volvemos al principio de la historia. Y sin trabajo, stress, basura y ruido, sin desidia y una causa. ¿Para que quiero autodestrucción?. Pues entonces tal vez me queda amor. Aquel que cruza los océanos. El que se cruza por el sentido común de las personas. Ese también tendrá cuenta atrás?. Bueno, todo tiene cuenta atrás en esta vida, no?. Así que cuento hasta que llegue. Y me olvidare de contar para que no se acabe.
Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Buff que año me he pegado. CERO.......ahora, dejar dormir a la bestia.
¿Has recuperado la furgo? Piensa en el lado bueno, eso te pasa en Vallecas y te quedas sin ruedas.
ResponderEliminarYa sabes, cuando ganes el premio Planeta, acúerdate de decir que tu amiga siempre creyó en tu talento. Me encanta leerte!!! Disfruta de tu experiencia y sigue deleitádonos con ella. Eres un superviviente!! Y si, los Aussies sin cerebro abundan, me lo vas a decir a mi jajaja.
ResponderEliminarMuaaaaak!!!
mi furgo ya est'a de nuevo en la carretera...pero esa...esa ya es otra historia.
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